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10 de febrero de 2015

Aprender a vivir en la diferencia

Los niños con asma, alergias o intolerancias alimentarias deben ser educados de forma que asuman la responsabilidad que supone esa diferencia. Muchos padres se convierten en estos casos en padres sobreprotectores. Explicamos cómo evitarlo.

Muchos padres viven como la mayor de las desgracias los resultados de las pruebas que confirman que su hijo sufre asma, alergia o intolerancia a ciertos alimentos. Comienzan la aventura de vivir, no con un niño que tiene unas características determinadas de las que se tienen que responsabilizar ambas partes, sino con la idea de que su hijo es asmático, alérgico, intolerante a la lactosa.

La sorpresa, o la idea de que su hijo se escapa de la ‘normalidad’, les lleva en muchos casos a buscar nuevas opiniones en otros profesionales, a convertir el problema en monotema en los debates familiares y de amigos, o a buscar información en Internet hasta verificar que ese es el diagnóstico y que son necesarios una serie de cambios en las rutinas. A partir de aquí empieza el proceso de aceptación y la puesta en marcha de un protocolo para cada caso.

Dependiendo de la personalidad del niño y de su madurez, puede que los padres se conviertan en padres sobreprotectores o ‘padres helicóptero’ que sobrevuelan sobre sus hijos para intervenir en cualquier situación. Transforman a sus hijos en niños burbuja favoreciendo el aislamiento, impidiendo su socialización para evitar los miedos respecto a la enfermedad porque temen que les pueda ocurrir algo, sobre todo si ellos no están presentes. Y en parte tienen razón: sus hijos necesitan adaptarse y llevar a cabo una serie de cambios para no poner en riesgo su vida y su salud. Pero, ¿hasta dónde conviene proteger? ¿cuáles son los límites?

Ya se sabe que el miedo paraliza, transforma, no deja decidir con claridad y condiciona la forma de pensar y de actuar. Y el miedo que los padres transmiten a los hijos impide que estos se desarrollen con seguridad y confianza. Si los padres trasladan el miedo a sus hijos, los niños tendrán poca iniciativa, se sentirán bloqueados y temerosos, y serán hijos dependientes, en alerta permanente y con un miedo desproporcionado a lo desconocido. Todo esto condiciona su desarrollo  y se reflejará en su trabajo, en sus relaciones personales, sociales  y sentimentales; en definitiva, en la forma en que se desenvolverá en su vida adulta.

Los padres están para proteger, pero no para sobreproteger; están para acompañar y no para sustituir. Construyen día a día la imagen interior de sus hijos con el trato, el apego y lo que con su comportamiento trasladan a sus hijos. Saber cuidar sin sobreproteger forma parte de una futura autoestima, confianza y seguridad.

Muchos padres dicen “mientras pueda, lo haré yo” o “cuando falte, ya lo hará él”, y la vida nos demuestra que no es así porque lo que no se enseña con naturalidad y desde niño cuesta mucho más aprenderlo de adultos, cuando ya tenemos una serie de hábitos y vicios adquiridos. Sobreprotegiendo estamos trampeando la vida de los pequeños.

¿Cuándo estáis sobreprotegiendo a vuestros hijos? Reconoceros en alguna de estas situaciones os dará algunas pistas:

• No les dejáis comer en casa de los abuelos o de los amigos, o asistir a fiestas de cumpleaños si no estáis vosotros.
• No permitís que vayan a dormir a casa de sus amigos, de intercambios escolares, o de campamento.
• Evitáis competiciones en las que se tengan que desplazar, o incluso limitáis la práctica deportiva.
• No queréis que coman en el colegio, no vais a restaurantes y supervisáis cada movimiento suyo cuando lo hacéis.

La solución ante una vida con otras 'características' no pasa por esta manera de actuar. Como padres y madres, no estaréis siempre al lado de vuestros hijos para decirles lo que tienen que hacer. Ellos tienen que aprender a tomar decisiones y a no etiquetarse como “soy un alérgico” o “soy un celíaco”.

¿Cómo educamos en la diferencia?

Cada niño, según su edad y madurez, y desde el momento en el que es diagnosticado, debe ser educado en algunos valores importantes que le ayudarán a llevar una vida con normalidad conforme a los cuidados que necesite su trastorno o enfermedad:

1. Responsabilidad. Si le  ayudas a conocer qué le pasa, sin alarmas innecesarias, y a saber qué pasos tiene que seguir en la alimentación o medicación, le aportarás seguridad. Conociendo las consecuencias que implican si las cosas no se hacen bien, fomentas la responsabilidad hacia su salud.

2. Autonomía. Responsabilidad y autonomía van de la mano. Conseguir vivir con autonomía e independencia es uno de los objetivos en la vida de cualquier persona. Conocemos claros ejemplos de niños en silla de ruedas que, con su gran empeño y el que les transmiten sus padres, consiguen vivir una vida plena y con autonomía. Educar en la dependencia no ayuda a crecer en ningún plano y menos en el emocional. Por lo tanto, no le evites situaciones ni hagas por él lo que él puede resolver solo, aunque le cueste más que a otros niños.

3. Resiliencia. Este término se refiere a la capacidad de sobreponerse a las situaciones adversas de la vida saliendo fortalecido. Este valor, evidentemente, no se transmita en los genes, sino que se educa. Por ello, es importante que enseñes a tu hijo que todos nos enfrentamos a una situaciones dadas, que no dependen de nosotros y que debemos emplear nuestra energía en resolverlas, en lugar de lamentarnos. Entrénales más en solución de problemas y menos en el arte de las quejas.

4. Respeto. Si educas en la diversidad y fomentas el respeto con tu ejemplo, favoreces que él lo haga con sus iguales. Tu hijo normalizará lo que tú le digas que es normal. Si te comportas desdramatizando y normalizando, él también pensará que lo que le pasa a él le pasa al resto de niños.

5. Comunicación. Ten informado a tu hijo para que sepa el porqué de lo que le pides que haga. Facilita espacios de comunicación para que entienda lo que le ocurre. Ayúdale a conocer sus causas y las consecuencias de un comportamiento no responsable en sus acciones. Ocultar o disfrazar la realidad no le ayudará a responsabilizarse.

6. Reconocimiento. No interpretes como algo normal cada vez que decida no comer lo que tiene prohibido o usar su inhalador. Al contrario, transmítele que lo ha hecho bien, que es responsable, y que te sientes orgulloso de él. De esta forma se fijan las conductas que queremos.

¿Qué comportamientos hay que evitar?

 1. Victimizarse.  “Fíjate lo que nos ha pasado”, “ahora qué vamos a hacer”, o “menudo plan de por vida” son frases que pueden venir a tu mente pero que no van a solucionar nada. No las uses como forma de presentarlo a su nuevo profesor o a la madre de su nuevo amigo. El victimismo no es buen compañero de vida: debilita y resta energía.

2. Etiquetar. Supone condicionar su manera de pensar, sentir y actuar. Un niño etiquetado vivirá y se relacionará como tal. Lo usará de pretexto para justificar otros motivos y dirá que le duele la tripa, que está cansado para recoger la habitación o que suspende porque no ve bien, activando tu alarma y compasión.

3. Aprovecharse de un error. Si en vez de valorar el intento que hace tu hijo lo traduces como una crisis y lo verbalizas diciendo, por ejemplo, “es que tengo que estar yo supervisando porque si no…”, solo consigues que tu hijo crezca en la inseguridad y no se sienta capaz de asumir sus responsabilidades.

No olvides que eres un modelo educativo a seguir y que ellos usarán tus estrategias y tus habilidades para andar por su mundo. Enseñar a vivir con lo que nos toca sin victimismo, elaborar un plan de acción, no acomodarse, ampliar nuestro margen de maniobra y salir de la zona de confort es el reto educativo que tenéis. Todo padre quiere que su hijo sea feliz pero no olvidemos que para ello hay que superar adversidades y no esconderse.

No hay mayor seguridad para un niño que ver cómo, ante la adversidad, los suyos le enseñan a crecer y a superarse. Estos son los grandes legados y aprendizajes que les quedan. Educa, pues, a tu hijo para que se sienta acompañado y no anulado.


Empresa: Fundació Roger Torné
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